SOBRE DEMONIOS ERRANTES


Entonces el héroe atraviesa el infinito país del sur, va en busca del enemigo predestinado. Sabe su oficio: demonio. Sabe que es imprescindible vencerlo pues a matado tramposamente a su padre cuando el apenas era un niño curioso. Lo persigue de ciudad en ciudad, siempre con atraso.
Una noche mientras comía tranquilo en el interior de un monte, cree que el demonio se acerca sigiloso para apuñalarlo por la espalda. Con un movimiento rápido desenvaina su facón y lo degüella. El héroe reconoce que el agonizante no es su enemigo, no es un fiero demonio sino más bien un campesino, un indio tal vez.
Otro día, en otra ciudad, un comerciante lo invita amistosamente a almorzar a su casa. El héroe cree ver en la comida una artimaña de su enemigo, lo intuye también espiando sigiloso detrás de unas cortinas. Simula llevarse el alimento a la boca pero con la otra, su mano mas hábil, lanza certero su facón al pecho de su anfitrión. Rápidamente revisa toda la casa sin encontrar rastros del demonio. Solo encuentra un niño petrificado de impotencia y terror, el hijo del comerciante muerto, tiene que huir.
Otro día, otro año, en una ciudad conocida por la destreza de sus habitantes en el manejo del acero, hay una situación confusa con una mujer y un militar borracho. El héroe interviene y este lo desafía con un duelo a cuchillos. En aquel lugar los duelos suelen ser a muerte y el precio de rechazarlos es también la muerte o el destierro. Nuestro héroe no tenía intenciones de permanecer más tiempo en aquella ciudad, pero de todas formas aceptó el duelo de buena gana.
Iniciado el combate nuestro héroe reconoce en el militar desafiante la misma técnica con su poncho para defenderse, esa misma que una vez usó el demonio para matar a su padre. También reconoce aquel mismo facón. La habilidad del militar para manejar ese acero era superior a la suya. Le atraviesa su espíritu el espanto de haber encontrado al fin a su enemigo, pero cuando no lo buscaba. Así, el héroe, fuera de las honorables reglas del combate en este país del sur y teniendo como única regla su destino. Saca un segundo facón escondido debajo de la mano en que se sostenía el poncho y lo mete de lleno en el cuello del militar, este casi ciego por la sorpresa es terminado de degollar al instante por el facón primero.
Los otros parroquianos presentes en el duelo temblaron de ira frente al injusto desenlace. Las formas que utilizo el vencedor eran repudiables, mera trampa que se debía pagar con la vida. El héroe agotado nota a una poca distancia que toda aquella ciudad usa la misma técnica para tensar el poncho, nota también el mismo diseño en el acero de los cuchillos. El héroe huye como puede de aquel lugar bajo el asedio de una decena de estocadas. Busca salvar su vida solo para encontrar y matar realmente al demonio.
Los días pasan como un caer innumerable de soles, sobre un páramo, un sacerdote saca agua de un pozo con un cuenco de madera. Sediento de días y herido aun por hábiles cuchillos comienza a beber de aquel cuenco. En el reflejo del agua de pozo o en la locura que provoca la sed y la agonía, nuestro héroe ve el rostro abominable del demonio. Toma entonces al sacerdote por la cabeza y como un poseído lo ahoga fácilmente en aquellas aguas despiertas. Aquel sacerdote no era el demonio que él busca, lo más preocupante, ya no siente nuestro héroe esa angustia permanente de haber fallado.
Muchos simulacros sucedieron, se visitan muchas ciudades y pueblos donde la huella del demonio está aun caliente. Los parroquianos lo han visto llegar forastero como él. Algunos lo describen con el pelo rubio y ojos blancos, otros lo dicen negro y alto como un demonio africano, otros lo dicen caballero en un carruaje extraño, algunos lo describen gigante y de aspecto abominable, otros con el semblante bello de un dios. Al héroe todas estas descripciones le parecen correctas, quizás, porque las certezas lo han abandonado hace años o quizás... porque el demonio ya lo sea todo".
La ultima noche para ambos y en un pueblo llamado Constancia, el demonio al fin se le aparece al héroe con las formas de un anciano leproso y le dice desafiante:
"- Te has pasado toda la vida recorriendo este país del sur, asesinando a muchos hombres en mi nombre ¡Demonio! te has convertido en una bestia y ya ha nacido el héroe que tiene predestinado matarte".
Un facón se desenvaina otra vez, ágil y preciso como siempre para degollar ¡ahora sí! Al demonio. El enemigo cae pesado en un ruido seco y toma en el suelo su verdadera forma demoníaca. El portador de esa muerte deja caer su cuchillo con la sangre aun latiendo en su filo. Ya no lo necesita, ensilla su caballo y escapa veloz para siempre.

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