Horacio Flores era un fanático y estaba rodeado por la locura. Esta le susurraba y hasta a veces estrepitosamente le gritaba que su adversario estaba conspirando contra él. Que el adversario se movía y se instalaba agazapado en lugares insospechados, como el respaldar de su cama mientras intentaba dormir desvelado. Es por eso que Horacio Flores andaba armado en todo momento.
Horacio, el fanático, les miente a su mujer y a sus amigos un fin, un ideal, una utopía para justificar su pasión desmesurada en la lucha contra el adversario. Pero no tiene nada de eso, la única causa que posee Horacio es su enemigo que lo mueve y lo quema por dentro. Solo cuando su adversario caiga, entonces el podrá ser feliz y morir ya de una buena vez.
Horacio Flores, el fanático, es un demente y como tal tiene la particularidad de no poseer la duda. Se dice así mismo que su causa no permite titubeos y él prefiere morir antes que dudar. Alguna vez Horacio se instauró vivir así o alguna vez se lo instauraron, no sabe. El ya después lo olvidó todo y se acostumbró a no dudar jamás. Siguió ciego y fanático hasta que una desvelada noche de verano se encontró con su adversario frente a frente en una estación de ferrocarriles, allá por el pueblo de Constancia.
Horacio, el fanático, les miente a su mujer y a sus amigos un fin, un ideal, una utopía para justificar su pasión desmesurada en la lucha contra el adversario. Pero no tiene nada de eso, la única causa que posee Horacio es su enemigo que lo mueve y lo quema por dentro. Solo cuando su adversario caiga, entonces el podrá ser feliz y morir ya de una buena vez.
Horacio Flores, el fanático, es un demente y como tal tiene la particularidad de no poseer la duda. Se dice así mismo que su causa no permite titubeos y él prefiere morir antes que dudar. Alguna vez Horacio se instauró vivir así o alguna vez se lo instauraron, no sabe. El ya después lo olvidó todo y se acostumbró a no dudar jamás. Siguió ciego y fanático hasta que una desvelada noche de verano se encontró con su adversario frente a frente en una estación de ferrocarriles, allá por el pueblo de Constancia.
Ambos sospecharon al principio una trampa, una emboscada planificada que los dejaba casi sin ninguna oportunidad, pero al instante lo descartaron al verse en sus caras la alarma y el desconcierto. Horacio Flores estaba parado en el andén que iba a Lobería y Mario Moreno (así se llamaba su adversario) estaba sentado en el andén de enfrente que iba para Mar del Plata. Antes que nada un odio visceral los hizo insultarse por impulso, luego gritaron las consignas que los representaba ideológicamente pero en la locura y el arrebato resonaron inentendibles. Inmediatamente también sacaron sus armas y empezaron a abrir fuego. El plomo también odiaba, la puntería de ambos era notable y se acertaron casi todos los disparos. Pero fue Horacio quien atinó el más mortal, el ultimo. Mario Moreno, el adversario, cayó para atrás de un disparo en el ojo.
Horacio Flores pese a que se desangraba, mayormente por las entrañas, se mantenía en pie tanto como podía. Impulsivamente, bajó la cabeza para verse las heridas y lo lamentó mucho, ya que después no pudo jamás levantarla. En cuestión de instantes cayó de rodillas y se maldijo furioso por ya no tener la fuerza para seguir los movimientos de su inconciliable enemigo.
Horacio, como pudo intentó descifrar algún movimiento en el otro herido, necesitaba certezas, saber urgentemente en ese momento decisivo si Mario, el adversario, al fin estaba muerto. Todo se salía de órbita y tan solo presintió que un tren se acercaba desde Mar del Plata, lo relojeó con rabia y lo insultó también agitado pues intuyó con acierto que este le ocultaría para siempre la verdad sobre el otro anden. Horacio, el fanático, fue cayendo y como último intento (pese al golpe seco que recibiría) apeló a hacerlo de mentón y con las manos sosteniéndose el vientre. Quiso todavía el agonizante Horacio Flores, vigilar la muerte de su enemigo con la desventura de no ver la propia.
Horacio, como pudo intentó descifrar algún movimiento en el otro herido, necesitaba certezas, saber urgentemente en ese momento decisivo si Mario, el adversario, al fin estaba muerto. Todo se salía de órbita y tan solo presintió que un tren se acercaba desde Mar del Plata, lo relojeó con rabia y lo insultó también agitado pues intuyó con acierto que este le ocultaría para siempre la verdad sobre el otro anden. Horacio, el fanático, fue cayendo y como último intento (pese al golpe seco que recibiría) apeló a hacerlo de mentón y con las manos sosteniéndose el vientre. Quiso todavía el agonizante Horacio Flores, vigilar la muerte de su enemigo con la desventura de no ver la propia.

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